miércoles, 25 de febrero de 2009

MATERIAL PARA DOCUMENTACIÓN 1

Edgar Allan Poe

La carta robada

Al anochecer de una tarde oscura y tormentosa en el otoño de 18..., me hallaba en París, gozando de la doble voluptuosidad de la meditación y de una pipa de espuma de mar, en compañía de mi amigo C. Auguste Dupin, en un pequeño cuarto detrás de su biblioteca, au troisième, No. 33, de la rue Dunot, en el faubourg St. Germain. Durante una hora por lo menos, habíamos guardado un profundo silencio; a cualquier casual observador le habríamos parecido intencional y exclusivamente ocupados con las volutas de humo que viciaban la atmósfera del cuarto. Yo, sin embargo, estaba discutiendo mentalmente ciertos tópicos que habían dado tema de conversación entre nosotros, hacía algunas horas solamente; me refiero al asunto de la rue Morgue y el misterio del asesinato de Marie Roget. Los consideraba de algún modo coincidentes, cuando la puerta de nuestra habitación se abrió para dar paso a nuestro antiguo conocido, monsieur G***, el prefecto de la policía parisina.
Le dimos una sincera bienvenida porque había en aquel hombre casi tanto de divertido como de despreciable, y hacía varios años que no le veíamos. Estábamos a oscuras cuando llegó, y Dupin se levantó con el propósito de encender una lámpara; pero volvió a sentarse sin haberlo hecho, porque G*** dijo que había ido a consultarnos, o más bien a pedir el parecer de un amigo, acerca de un asunto oficial que había ocasionado una extraordinaria agitación.
—Si se trata de algo que requiere mi reflexión —observó Dupin, absteniéndose de dar fuego a la mecha—, lo examinaremos mejor en la oscuridad.
—Esa es otra de sus singulares ideas —dijo el prefecto, que tenía la costumbre de llamar «singular» a todo lo que estaba fuera de su comprensión, y vivía, por consiguiente, rodeado de una absoluta legión de «singularidades».
—Es muy cierto —respondió Dupin, alcanzando a su visitante una pipa, y haciendo rodar hacia él un confortable sillón.
—¿Y cuál es la dificultad ahora? —pregunté— Espero que no sea otro asesinato.
—¡Oh, no, nada de eso!. El asunto es muy simple, en verdad, y no tengo duda que podremos manejarlo suficientemente bien nosotros solos; pero he pensado que a Dupin le gustaría conocer los detalles del hecho, porque es un caso excesivamente singular.
—Simple y singular —dijo Dupin.
—Y bien, sí; y no exactamente una, sino ambas cosas a la vez. Sucede que hemos ido desconcertados porque el asunto es tan simple, y, sin embargo nos confunde a todos.
—Quizás es precisamente la simplicidad lo que le desconcierta a usted —dijo mi amigo.
—¡Qué desatino dice usted! —replicó el prefecto, riendo de todo corazón.
—Quizás el misterio es un poco demasiado sencillo —dijo Dupin.
—¡Oh, por el ánima de…! ¡Quién ha oído jamás una idea semejante!
—Un poco demasiado evidente.
—¡Ja, ja, ja!... ¡ja, ja, ja!... ¡jo, jo, jo! —reía nuestro visitante, profundamente divertido— ¡Oh, Dupin, usted me va a hacer reventar de risa!.
—¿Y cuál es, por fin, el asunto de que se trata? —pregunté.
—Se lo diré a usted —replicó el prefecto, profiriendo un largo, fuerte y reposado puff y acomodándose en su sillón— Se lo diré en pocas palabras; pero antes de comenzar, le advertiré que este es un asunto que demanda la mayor reserva, y que perdería sin remedio mi puesto si se supiera que lo he confiado a alguien.
—Continuemos —dije.
—O no continúe —dijo Dupin.
—De acuerdo; he recibido un informe personal de un altísimo personaje, de que un documento de la mayor importancia ha sido robado de las habitaciones reales. El individuo que lo robó es conocido; sobre este punto no hay la más mínima duda; fue visto en el acto de llevárselo. Se sabe también que continúa todavía en su poder.
—¿Cómo se sabe esto? —preguntó Dupin.
—Se ha deducido perfectamente —replicó el prefecto—, de la naturaleza del documento y de la no aparición de ciertos resultados que habrían tenido lugar de repente si pasara a otras manos; es decir, a causa del empleo que se haría de él, en el caso de emplearlo.
—Sea usted un poco más explícito —dije.
—Bien, puedo afirmar que el papel en cuestión da a su poseedor cierto poder en una cierta parte, donde tal poder es inmensamente valioso.
El prefecto era amigo de la jerga diplomática.
—Todavía no le comprendo bien —dijo Dupin.
—¿No? Bueno; la predestinación del papel a una tercera persona, que es imposible nombrar, pondrá en tela de juicio el honor de un personaje de la más elevada posición; y este hecho da al poseedor del documento un ascendiente sobre el ilustre personaje, cuyo honor y tranquilidad son así comprometidos.
—Pero este ascendiente —repuse— dependería de que el ladrón sepa que dicha persona lo conoce. ¿Quién se ha atrevido…?
—El ladrón —dijo G***— es el ministro D***, quien se atreve a todo; uno de esos hombres tan inconvenientes como convenientes. El método del robo no fue menos ingenioso que arriesgado. El documento en cuestión, una carta, para ser franco, había sido recibida por el personaje robado, en circunstancias que estaba sólo en el boudoir real. Mientras que la leía, fue repentinamente interrumpido por la entrada de otro elevado personaje, a quien deseaba especialmente ocultarla. Después de una apresurada y vana tentativa de esconderla en una gaveta, se vio forzado a colocarla, abierta como estaba, sobre una mesa. La dirección, sin embargo, quedaba a la vista; y el contenido, así cubierto, hizo que la atención no se fijara en la carta. En este momento entró el ministro D***. Sus ojos de lince perciben inmediatamente el papel, reconocen la letra de la dirección, observa la confusión del personaje a quien ha sido dirigida, y penetra su secreto. Después de algunas gestiones sobre negocios, de prisa, como es su costumbre, saca una carta algo parecida a la otra, la abre, pretende leerla, y después la coloca en estrecha yuxtaposición con la que codiciaba. Se pone a conversar de nuevo, durante un cuarto de hora casi, sobre asuntos públicos. Por último, levantándose para marcharse, coge de la mesa la carta que no le pertenece. Su legítimo dueño le ve, pero, como se comprende, no se atreve a llamar la atención sobre el acto en presencia del tercer personaje que estaba a su lado. El ministro se marchó dejando su carta, que no era de importancia, sobre la mesa.
—Aquí está, pues —me dijo Dupin—, lo que usted pedía para hacer que el ascendiente del ladrón fuera completo, el ladrón sabe de que es conocido del dueño del papel.
—Sí —replicó el prefecto—; y el poder así alcanzado en los últimos meses ha sido empleado, con objetos políticos, hasta un punto muy peligroso. El personaje robado se convence cada día más de la necesidad de reclamar su carta. Pero esto, como se comprende, no puede ser hecho abiertamente. En fin, reducido a la desesperación, me ha encomendado el asunto.
—¿Y quién puede desear —dijo Dupin, arrojando una espesa bocanada de humo—, o siquiera imaginar, un oyente mas sagaz que usted?
—Usted me adula —replicó el prefecto— pero es posible que algunas opiniones como ésas puedan haber sido sostenidas respecto a mí.
—Está claro —dije—, como lo observó usted, que la carta está todavía en posesión del ministro, puesto que es esta posesión, y no su empleo, lo que confiere a la carta su poder. Con el uso, ese poder desaparece.
—Cierto —dijo G***—, y sobre esa convicción es bajo la que he procedido. Mi primer cuidado fue hacer un registro muy completo de la residencia del ministro; y mi principal obstáculo residía en la necesidad de buscar sin que él se enterara. Además, he sido prevenido del peligro que resultaría de darle motivos de sospechar de nuestras intenciones.
—Pero —dije—, usted se halla completamente au fait en este tipo de investigaciones. La policía parisina ha hecho estas cosas muy a menudo antes.
—Ya lo creo; y por esa razón no desespero. Las costumbres del ministro me dan, además, una gran ventaja. Está frecuentemente ausente de su casa toda la noche. Sus sirvientes no son numerosos. Duermen a una gran distancia de las habitaciones de su amo, y siendo principalmente napolitanos, se embriagan con facilidad. Tengo llaves, como usted sabe, con las que puedo abrir cualquier cuarto o gabinete de París. Durante tres meses, no ha pasado una noche sin que haya estado empeñado personalmente en escudriñar la mansión de D***. Mi honor está en juego y, para mencionar un gran secreto, la recompensa es enorme. Por eso no he abandonado la partida hasta convencerme plenamente de que el ladrón es más astuto que yo mismo. Me figuro que he investigado todos los rincones y todos los escondrijos de los sitios en que es posible que el papel pueda ser ocultado.
—¿Pero no es posible —sugerí—, aunque la carta pueda estar en la posesión del ministro como es incuestionable, que la haya escondido en alguna parte fuera de su casa?
—Es poco probable —dijo Dupin— La presente y peculiar condición de los negocios en la corte, y especialmente de esas intrigas en las cuales se sabe que D*** está envuelto, exigen la instantánea validez del documento, la posibilidad de ser exhibido en un momento dado, un punto de casi tanta importancia como su posesión.
—¿La posibilidad de ser exhibido? —dije.
—Es decir, de ser destruido —dijo Dupin.
—Cierto —observé—; el papel tiene que estar claramente al alcance de la mano. Supongo que podemos descartar la hipótesis de que el ministro la lleva encima.
—Enteramente —dijo el prefecto— Ha sido dos veces asaltado por malhechores, y su persona rigurosamente registrada bajo mí propia inspección.
—Se podía usted haber ahorrado ese trabajo —dijo Dupin— D***, presumo, no está loco del todo; y si no lo está, debe haber previsto esas asechanzas; eso es claro.
—No está loco del todo —dijo G***—; pero es un poeta, lo que considero que está sólo a un paso de la locura.
—Cierto —dijo Dupin después de una larga y reposada bocanada de humo de su pipa—, aunque yo mismo sea culpable de algunas malas rimas.
—Supongamos —dije—, que usted nos detalla las particularidades de su investigación.
—Los hechos son éstos: dispusimos de tiempo suficiente y buscamos en todas partes. He tenido larga experiencia en estos negocios. Recorrí todo el edificio, cuarto por cuarto, dedicando las noches de toda una semana a cada uno. Examinamos primero el mobiliario de cada habitación. Abrimos todos los cajones posibles; y supongo que usted sabe que, para un ejercitado agente de policía, son imposibles los cajones secretos. Cualquiera que en investigaciones de esta clase permite que se le escape un cajón secreto, es un bobo. La cosa así, es sencilla. Hay una cierta cantidad de capacidad, de espacio, que contar en un mueble. En este caso, establecemos minuciosas reglas. La quincuagésima parte de una línea no puede escapársenos. Después del gabinete, consideramos las sillas. Los cojines son examinados con esas delgadas y largas agujas que usted me ha visto emplear. De las mesas, removemos las tablas superiores.
—¿Por qué?
—Algunas veces la tabla de una mesa, u otra pieza de mobiliario similarmente arreglada, es levantada por la persona que desea ocultar un objeto; entonces la pata es excavada, el objeto depositado dentro de su cavidad y la tabla vuelta a colocar. Los extremos de los pilares de las camas son utilizados con el mismo fin.
—¿Pero la cavidad no podría ser detectada por el sonido? —pregunté.
—De ninguna manera, si cuando el objeto es depositado se coloca a su alrededor una cantidad suficiente de algodón en rama. Además, en nuestro caso, estábamos obligados a proceder sin ruidos.
—Pero no pueden ustedes haber removido, no pueden haber hecho pedazos todos los artículos de mobiliario en que hubiera sido posible depositar un objeto de la manera que usted menciona. Una carta puede ser comprimida hasta hacer un delgado cilindro en espiral, no difiriendo mucho en forma o volumen a una aguja para hacer calceta, y de esta forma puede ser introducida en el travesaño de una silla, por ejemplo. No rompieron ustedes todas las sillas, ¿no es así?
—Ciertamente que no; pero hicimos algo mejor: examinamos los travesaños de cada silla de la casa, y en verdad, todos los puntos de unión de todas las clases de muebles, con la ayuda de un poderoso microscopio. Si hubiera habido alguna huella de reciente remoción, no habríamos dejado de notarla instantáneamente. Un solo grano del aserrín producido por una barrena en la madera, habría sido tan visible como una manzana. Cualquier alteración en las encoladuras, cualquier desusado agujerito en las uniones, habría bastado para un seguro descubrimiento.
—Presumo que observarían ustedes los espejos, entre los bordes y las láminas, y examinarían los lechos, y las ropas de los lechos, así como las cortinas y las alfombras.
—Eso, por sabido; y cuando hubimos registrado absolutamente todas las partículas del mobiliario de esa manera, examinamos la casa misma. Dividimos su entera superficie en compartimentos, que numeramos para que ninguno pudiera escapársenos, después registramos pulgada por pulgada el terreno de la pesquisa, incluso las dos casas adyacentes, con el microscopio, como antes.
—¡Las dos casas adyacentes! —exclamé—; deben ustedes haber causado una gran agitación.
—La causamos; pero la recompensa ofrecida es prodigiosa.
—¿Incluyeron ustedes los terrenos de las casas?
—Todos los terrenos están enladrillados, comparativamente nos dieron poco trabajo. Examinamos el musgo de las junturas de los, ladrillos, y no encontramos que lo hubieran tocado.
—¿Buscaron ustedes entre los papeles de D***, por consiguiente, y entre los libros de su biblioteca?
—Ciertamente; abrimos todos los paquetes y legajos; y no sólo ¡Abrimos todos los libros, sino que dimos vuelta todas las hojas de todos los volúmenes, no contentándonos con una simple sacudida de ellos, como acostumbran a hacer algunos de nuestros agentes de policía. Medimos también el espesor de cada tapa de libro, con la más cuidadosa exactitud, y aplicamos a cada uno el más celoso examen con el microscopio. Si cualquiera de las encuadernaciones hubiera sido tocada para ocultar la carta, habría sido completamente imposible que el hecho escapara a nuestra observación. Unos cinco o seis volúmenes, recién traídos por el encuadernador, los examinamos con todo cuidado, sondeando las tapas.
—¿Registraron el suelo, bajo las alfombras?
—Sin duda. Removimos todas las alfombras, Y examinamos los bordes con el microscopio.
—¿Y el papel de las paredes?
—También.
—¿Buscaron en los sótanos?
—Sí
—Entonces —dije— han hecho ustedes un mal cálculo, y la carta no está entre las posesiones del ministro, como suponen.
—Temo que usted tenga razón —repuso el prefecto—. Y ahora, Dupin, ¿qué me aconseja que haga?
—Hacer una nueva revisión de la casa del ministro.
—Eso es absolutamente innecesario —replicó G***—; estoy tan seguro como que respiro, de que la carta no está en la casa.
—Pues no tengo mejor consejo que darle —dijo Dupin— ¿Tendrá usted, como es natural, una cuidadosa descripción de la carta?
—¡Ya lo creo!
Y aquí el prefecto, sacando un memorándum, nos leyó en voz alta un minucioso informe de la carta, especialmente de la apariencia externa del documento perdido. Poco después de esta descripción, cogió su sombrero y se fue, mucho más desalentado de lo que le había visto nunca antes.
Casi cerca de un mes había pasado, cuando nos hizo otra visita, encontrándonos ocupados exactamente de la misma manera que la otra vez. Cogió una pipa y una silla, y principió una conversación sobre cosas ordinarias. Por último, le dije:
—Y bien, señor G***, ¿qué hay sobre la carta robada? Presumo que se habrá usted convencido, al fin, de que no hay cosa más difícil que sorprender al ministro.
—¡Que el diablo lo confunda! esa es la verdad; hice el nuevo examen, sin embargo, como Dupin me lo aconsejó, pero ha sido tiempo perdido, como yo suponía.
—¿A cuánto asciende la recompensa ofrecida, dijo usted? —preguntó Dupin.
—¿Cuánto? una gran cantidad, una recompensa verdaderamente liberal; no quiero decir cuánto exactamente, pero diré una cosa: y es que estaría dispuesto a dar un cheque con mi firma por cincuenta mil francos, a cualquiera que me entregara la carta. El asunto se está haciendo día a día cada vez más importante, y la recompensa ha sido recientemente doblada. Pero aunque fuera triplicada, no podría hacer más de lo que he hecho.
—Veamos— dijo Dupin lentamente, entre una y otra bocanada de humo—; realmente pienso, G***, que usted no ha hecho todo lo que podía en este asunto. ¿No cree que podría hacer un poco más?
—¿Cómo? ¿De qué manera?
—¡Pst! Creo, puff, puff, que usted podría, puff, puff, pedir consejo sobre este asunto; puff, puff, puff. ¿Se acuerda usted de lo que se cuenta de Abernethy!
—¡No! ¡Al diablo con su Abernethy!
—¡Está bien! al diablo con él, y buena suerte. Pero he aquí el hecho. Una vez, cierto ricacho muy avaro concibió la idea de obtener gratis de ese Abernethy una opinión médica. Habiendo procurado con ese objeto estar solo con él en una conversación corriente, le insinuó su propio caso como el de un individuo imaginario.
—Supongamos —dijo el tacaño—, que sus síntomas son tales y tales; ahora doctor, ¿qué le aconsejaría usted?
—¿Qué le aconsejaría? —dijo Abernethy—; ¡psh! que viera a un médico.
—Pero —dijo el prefecto, algo desconcertado—, yo estoy dispuesto a pedir consejo, y a pagarlo. Daría realmente cincuenta mil francos a cualquiera que me ayudara en este asunto.
—En ese caso —replicó Dupin, abriendo un cajón y sacando una libreta de cheques—, puede usted perfectamente hacerme un cheque por la cantidad mencionada. Cuando lo haya firmado, le entregaré la carta.
Quedé estupefacto. El prefecto parecía como herido por un rayo. Durante algunos minutos permaneció sin habla y sin movimiento, mirando incrédulamente a mi amigo con la boca abierta y los ojos que parecían saltárseles de las órbitas; después, aparentemente recobrando la conciencia de su ser, cogió una pluma y, después de algunas pausas y miradas sin objeto, hizo por último y firmó un cheque por 50.000 francos, y lo alcanzó por sobre la mesa a Dupin. Éste lo examinó cuidadosamente y lo guardó en su cartera; después, abriendo un escritoire, cogió de él una carta y la entregó al prefecto. El funcionado se abalanzó sobre ella en una perfecta convulsión de alegría, la abrió con mano temblorosa, arrojó una rápida ojeada a su contenido, y entonces, agitado y fuera de sí, abrió la puerta y sin ceremonia de ninguna especie salió del cuarto y de la casa, sin haber pronunciado una sílaba desde que Dupin le había pedido que hiciera el cheque.
Cuando nos quedarnos solos, mi amigo consintió en darme explicaciones.
—La policía parisina —dijo— es sumamente buena en su especialidad. Es perseverante, ingeniosa, astuta y perfectamente versada en los conocimientos que sus deberes parecen necesitar con más urgencia. Así, cuando G*** nos detalló su modo de registrar los sitios en la casa de D***, tuve plena confianza en que había practicado una investigación satisfactoria, hasta donde lo permiten sus conocimientos.
—¿Hasta dónde lo permiten? —pregunté.
—Sí —dijo Dupin— Las medidas adoptadas eran, no solamente las mejores de su clase, sino que se acercaban a la perfección absoluta. Si la carta hubiera estado oculta en el radio de esa pesquisa, los agentes de policía, indiscutiblemente, la hubieran encontrado.
Me sonreí por toda respuesta, pero mi amigo parecía perfectamente serio en todo lo que decía.
—Las medidas, pues —continuo él—, eran buenas en su clase y bien ejecutadas; su defecto estaba en ser inaplicables al caso y al hombre. Un cierto conjunto de recursos altamente ingeniosos son para el prefecto una especie de lecho de Procusto, a los que adapta forzadamente sus designios. Así es que perpetuamente yerra por ser demasiado profundo, o demasiado superficial, en los asuntos que se le confían, y muchos niños de escuela son mejores razonadores que él. He conocido uno, de unos ocho años de edad, cuyos éxitos adivinando en el juego de «pares y nones» atraían la admiración de todo el mundo. Este juego es simple, y se juega con canicas. Uno de los jugadores oculta en su mano una cantidad de esas canicas, y pregunta a otro si ese número es par o non. Si el preguntado adivina, gana una; si no, pierde una. El niño de que hablo, ganaba todas las canicas de la escuela. Por consiguiente, tenía algún método para acertar, y éste se basaba en la simple observación y el cálculo de la astucia de sus contrincantes. Por ejemplo, un simple bobalicón es su contrario, y levantando una mano cerrada, y pregunta: ¿son pares o nones? Nuestro niño replica: «Nones», y pierde; pero a la segunda vez gana, porque entonces se dice a sí mismo: «El bobalicón tenía pares la primera vez, y su cantidad de astucia es justamente la suficiente para llevarlo a poner nones en la segunda; por consiguiente, apostaré «nones»; apuesta a nones, y gana. Ahora, con un bobo de un grado mayor que el primero, hubiera razonado así: «Este tal, sabe que en el primer caso aposté a nones, y en el segundo se le ocurrirá, en el primer impulso, una simple variación de pares a nones, como hizo mi otro contrario; pero entonces un segundo pensamiento le sugerirá que ésta es una variación demasiado simple, y, finalmente, decidirá poner pares como antes. Por consiguiente, apostaré a pares»; apuesta a pares, y gana. Ahora bien, este sistema de razonar en el niño de escuela, a quien sus compañeros llamaban afortunado, ¿qué es, en último análisis?
—Es simplemente —dije— una identificación del intelecto del razonador con el de su contrario.
—Eso es —dijo Dupin—; y después de preguntar al niño cómo efectuaba esa completa identificación en que residía su éxito, recibí la siguiente respuesta: «Cuando deseo saber cuán sabio o cuán estúpido, o cuán bueno o cuán malo es alguien, o cuáles son sus pensamientos en un instante dado, acomodo la expresión de mi rostro, tan cuidadosamente como me sea posible, de acuerdo con la expresión del rostro de él, y entonces trato de ver qué pensamientos o sentimientos nacen en mi mente, que igualen o correspondan a la expresión de mi cara.» La respuesta de este niño de escuela supera incluso la expúrea profundidad que ha sido atribuida a La Rochefoucault, la Bruyère, Maquiavelo y Campanella.
—Y la identificación —dije— del intelecto del razonador con el de su contrario, depende, si le entiendo a usted bien, de la exactitud con que se mide la inteligencia de este último.
—Para su valor práctico depende de eso —replicó Dupin—; y el prefecto y toda su cohorte fracasan tan frecuentemente, primero, por no lograr dicha identificación, y segundo, por mala apreciación, o mas bien por no medir la inteligencia con la que se miden. Consideran únicamente sus propias ideas ingeniosas; y buscando cualquier cosa oculta, tienen en cuenta solamente los medios con que ellos la habrían escondido. Tienen mucha razón en todo: que su propio ingenio es una fiel representación del de las masas; pero cuando la astucia del reo es diferente en carácter de la de ellos, el reo se les escapa; es lógico. Eso sucede siempre que esa astucia es superior de la de ellos, y, muy habitualmente cuando está por abajo. No tienen variación de principio en sus investigaciones; lo más que hacen, cuando se ven excitados por algún caso insólito, por alguna extraordinaria recompensa, es extender o exagerar sus viejas rutinas de práctica, sin modificar sus principios. Por ejemplo, en este caso de D***, ¿qué se ha hecho para modificar el principio de acción? ¿Qué es todo este taladrar, probar, hacer sonar y registrar con el microscopio, y dividir la superficie del edificio en cuidadosas pulgadas cuadradas y numeradas? ¿Qué es todo eso, sino una exageración de la aplicación de un principio o conjunto de principios de pesquisa, que está basado sobre un conjunto de nociones respecto a la ingeniosidad humana, a que el prefecto, en la larga rutina de su deber, se ha acostumbrado? ¿No ve usted que G*** da por sentado que todos los hombres que quieren ocultar una carta, si no precisamente en un agujero hecho con barrena en la pata de una silla, lo hacen, cuando menos, en algún oculto agujero o rincón sugerido por el mismo tenor del pensamiento que inspira a un hombre la idea de esconderla en un agujero hecho en la pata de una silla? ¿Y no ve usted también que tales rincones buscados para ocultar, se emplean únicamente en las ocasiones ordinarias, y sólo son adoptados por inteligencias ordinarias? Porque en todos los casos de ocultamiento cabe presumir que en principio se ha efectuado dentro de esas coordenadas; y su descubrimiento depende, no tanto de la perspicacia, sino del simple cuidado, la paciencia y la determinación de los buscadores; y cuando el caso es de importancia, o lo que quiere decir lo mismo a los ojos policiales, cuando la recompensa es de magnitud, las cualidades en cuestión jamás fallan. Ahora entenderá usted indudablemente lo que quise decir, sugiriendo que, si la carta hubiera sido ocultada en cualquier parte dentro de los límites del examen del prefecto, o en otras palabras, si el principio inspirador de su ocultación hubiera estado comprendido dentro de los principios del prefecto, su descubrimiento habría sido un asunto absolutamente fuera de duda. Este funcionario, sin embargo, ha sido completamente engañado; y la fuente originaria de sus fracaso reside en la suposición de que el ministro es un loco porque ha adquirido fama como poeta. Todos los locos son poetas; esto es lo que cree el prefecto, y es simplemente culpable de un non distributio medii al inferir de ahí que todos los poetas son locos.
—¿Pero se trata realmente del poeta? —pregunté— Hay dos hermanos, me consta, y ambos han alcanzado reputación en las letras. El ministro, creo, ha escrito doctamente sobre cálculo diferencial. Es un matemático y no un poeta.
—Está usted equivocado; yo le conozco bien, es ambas cosas. Como poeta y matemático, habría razonado bien; como simple matemático no habría razonado absolutamente, y hubiera estado a merced del prefecto.
—Usted me sorprende —dije— con esas opiniones, que han sido contradichas por la voz del mundo. Suponga que no pretenderá aniquilar una bien digerida idea con siglos de existencia. La razón matemática ha sido largo tiempo considerada como la razón por excelencia.
—Il y a à parier —replicó Dupin, citando a Chamfort—, que toute idée publique, toute convention reçue, est une sottise, car elle a convenue au plus grand nombre. Los matemáticos, concedo, han hecho cuanto les ha sido posible para difundir el error popular a que usted alude, y que no es menos un error porque haya sido promulgado como verdad. Con un arte digno de mejor causa, por ejemplo, han introducido el término «análisis» con aplicación al álgebra. Los franceses son los culpables de esta superchería popular; pero si un término tiene alguna importancia, si las palabras derivan algún valor de su aplicabilidad, «análisis» expresa «álgebra», poco más o menos, como en latín ambitus implica «ambición», religio, «religión», homines honesti, «un conjunto de hombres honorables».
—Temo que se enemiste usted —dije— con alguno de los algebristas de París; pero prosiga.
—Disputo la validez, y por consiguiente, el valor de esa razón que es cultivada en una forma especial distinta de la abstractamente lógica. Disputo, en particular, la razón extraída del estudio de las matemáticas. Las matemáticas son la ciencia de la forma y la cantidad; el razonamiento matemático es simplemente la lógica aplicada a la observación a la forma y la cantidad. El gran error consiste en suponer que hasta las verdades de lo que es llamado álgebra pura son verdades abstractas o generales. Y este error es tan extraordinario, que me confundo ante la universalidad con que ha sido recibido. Los axiomas matemáticos no son axiomas de validez general. Lo que es verdad de relación (de forma y de cantidad), es a menudo grandemente es falso respecto a la moral, por ejemplo. En esta última ciencia por lo general es incierto que el todo sea igual a la suma de las partes. En química el axioma falla también. En el caso de una fuerza motriz falla igualmente, pues dos motores de un valor dado no alcanzan necesariamente al sumarse una potencia igual a la suma de sus potencias consideradas por separado. Hay muchas otras verdades matemáticas, que son verdades únicamente dentro de los límites de la relación. Pero el matemático arguye, apoyándose en sus verdades finitas, según es costumbre, como si ellas fueran de una aplicabilidad absolutamente general, como si el mundo imaginara, en realidad, que lo son. Bryant, en su recomendable Mitología, menciona una análoga fuente de error, cuando dice que «aunque las fábulas paganas no son creídas, sin embargo lo olvidamos continuamente, y hacemos inferencias de ellas, como si fueran realidades». Entre los algebristas, no obstante, que son realmente paganos, las «fábulas paganas» son creídas, y las inferencias se hacen, no tanto por culpa de la memoria, sino por una incomprensible perturbación mental. En una palabra, no he encontrado nunca un simple matemático en quien se pudiera confiar, fuera de sus raíces y ecuaciones, o que no tuviera por artículo de fe, que x2 + px es absoluta e incondicionalmente igual a q. Diga usted a uno de esos caballeros, por vía de experimento, si lo desea, que usted cree que puede presentarse casos en que x2 + px no es absolutamente igual a q, y después de haberle hecho entender lo que quiere decir, eche a correr tan pronto como le sea posible, porque, sin ninguna duda, tratará de darle una paliza.
»Quiero decir — continúo Dupin, mientras me reía yo de su última observación— que si el ministro hubiera sido nada más que un matemático, el prefecto no habría tenido necesidad de darme este cheque. Le conocía yo, sin embargo, como matemático y como poeta, y mis medidas fueron adaptadas a su capacidad, con referencia a las circunstancias de que estaba rodeado. Le conocía como a un cortesano, y además como un audaz intrigant. Un hombre así, pensé, debe conocer los métodos ordinarios de acción de la policía. No podía haber dejado de prever, y los sucesos han probado que no lo hizo, los registros a los que fue sometido. Debe haber previsto las investigaciones secretas de su casa. Sus frecuentes ausencias nocturnas, que eran celebradas por el prefecto como una buena ayuda a sus éxitos, las miré únicamente como astucias para procurar a la policía la oportunidad de hacer un completo registro, y hacerles llegar lo más pronto posible a la convicción a la G*** llegó por último, de que la carta no estaba en casa. Comprendí también que todo el conjunto de ideas, que tendría alguna dificultad en detallar a usted ahora, relativo a los invariables principios de la policía en pesquisas de objetos ocultados, pasaría necesariamente por la mente del ministro. Eso le llevaría, de una manera inevitable, a despreciar todos los escondrijos ordinarios. No podía, reflexioné, ser tan simple que no viera que los más intrincados y más remotos secretos de su mansión serían tan de fácil acceso como los rincones más vulgares, a los ojos, a los exámenes, a los barrenos y los microscopios del prefecto. Vi, por último, que se vería impulsado, como en un asunto de lógica, a la simplicidad, si no la había deliberadamente elegido por su propio gusto personal. Recordará usted quizá con cuanta gana se rió el prefecto, cuando le sugerí en nuestra primera entrevista que era muy posible que este misterio le perturbara tanto por ser su descubrimiento demasiado evidente.
—Sí —dije—, recuerdo bien su hilaridad. Creí realmente que sufriría convulsiones.
—El mundo material —continúo Dupin— abunda en muy estrictas analogías con el espiritual; y así se ha dado algún color de verdad al dogma retórico de que la metáfora o el símil pueda ser empleada para dar más fuerza a un pensamiento o embellecer una descripción. El principio de vis inertiæ, por ejemplo, parece idéntico en física y metafísica. No es más cierto en la primera, que un gran cuerpo es puesto en movimiento con más dificultad que uno pequeño, y que su subsecuente impulso es proporcionado a esa dificultad, que lo es en la segunda, que intelectos de la más vasta capacidad, aunque más potentes, constantes y fecundos en sus movimientos que los de inferior grado, son sin embargo los menos prontamente movidos, y más embarazados y llenos de vacilación en los primeros pasos de sus progresos. Otra cosa: ¿ha notado usted alguna vez cuáles son las muestras de tiendas que más llaman la atención?
—Nunca se me ocurrió pensarlo —dije.
—Hay un juego de adivinanzas —replicó él— que se juega con un mapa. Uno de los jugadores pide al otro que encuentre una palabra dada, el nombre de una ciudad, río, estado o imperio; una palabra, en fin, sobre la abigarrada y confusa superficie de un mapa. Un novato en el juego trata generalmente de confundir a sus contrarios, dándoles a buscar los nombres escritos con las letras más pequeñas; pero el buen jugador escogerá entre esas palabras que se extienden con grandes caracteres de un extremo a otro del mapa. Éstas, lo mismo que los anuncios y tablillas expuestas en las calles con letras grandísimas, escapan a la observación a fuerza de ser excesivamente notables; y aquí, la física inadvertencia ocular es precisamente análoga a la inteligibilidad moral, por la que el intelecto permite que pasen desapercibidas esas consideraciones, que son demasiado evidentes y palpables por sí mismas. Pero parece que éste es un punto que está algo arriba o abajo de la comprensión del prefecto. Nunca creyó probable o posible que el ministro hubiera dejado la carta inmediatamente debajo de las narices de todo el mundo, a fin de impedir que una parte de ese mundo pudiera verla.
»Pero cuanto más reflexionaba sobre el audaz, fogoso y discernido ingenio de D***, sobre el hecho de que el documento debía haber estado siempre a mano, si intentaba usarlo con ventajoso fin; y sobre la decisiva evidencia, obtenida por el prefecto, de que no estaba oculto dentro de los límites de sus pesquisas ordinarias, más convencido quedaba de que para ocultar aquella carta el ministro había recurrido al más amplio y sagaz expediente de no tratar de ocultarla absolutamente.
»Convencido de estas ideas, me puse mis gafas verdes y una hermosa mañana, como por casualidad, entré en la casa del ministro. Encontré a D*** bostezando, extendido cuan largo era, charlando insustancialmente, como de costumbre, y pretendiendo estar aquejado del más abrumador ennui. Sin embargo, es uno de los hombres más realmente activos que existen, pero tan sólo cuando nadie lo ve.
»Para pagarle con la misma moneda, me quejé de mis débiles ojos, y lamenté la forzosa necesidad que tenía de usar gafas, bajo el amparo de las cuales examinaba cuidadosa y completamente toda la habitación, mientras en apariencia sólo me ocupaba de la conversación con mi anfitrión.
»Presté especial atención a una gran mesa-escritorio, cerca de la cual estaba sentado D***, y sobre la que había desparramados confusamente diversas cartas Y otros papeles, uno o dos instrumentos de música y algunos libros. En ella, no obstante, después de un largo y deliberado escrutinio, no vi nada capaz de provocar mis sospechas.
»Por último, mis ojos, examinando el circuito del cuarto, se posaron sobre un miserable tarjetero de cartón afiligranado, que pendía de una sucia cinta azul, sujeta a una perillita de bronce, colocada justamente sobre la repisa de la chimenea. En aquel tarjetero, que tenía tres o cuatro compartimentos, había seis o siete tarjetas de visita y una solitaria carta. Esta última estaba muy manchada y arrugada. Se hallaba rota casi en dos, por el medio, como si una primera intención de hacerla pedazos por su nulo valor hubiera sido cambiado y detenido. Tenía un gran sello negro, con el monograma de D***, muy visible, y el sobre escrito y dirigido al mismo ministro revelaba una letra menuda y femenina. Había sido arrojada sin cuidado alguno, y hasta desdeñosamente, parecía, en una de las divisiones superiores del tarjetero.
»No bien descubrí la carta en cuestión, comprendí que era la que andaba buscando. En verdad, era, en apariencia, radicalmente distinta de aquella que nos había leído el prefecto una descripción tan minuciosa. Aquí el sello era grande y negro, con el monograma de D***; en la otra era pequeño y rojo, con las armas ducales de la familia S***. Aquí la dirección del ministro era diminuta y femenina; en la otra la letra del sobre, dirigida a un cierto personaje real, era marcadamente enérgica y decidida; el tamaño era su único punto de semejanza. Pero la naturaleza radical de esas diferencias, que era excesiva, las manchas, la sucia y rota condición del papel, tan inconsistente con los verdaderos hábitos metódicos de D***, y tan reveladoras de dar una idea de la insignificancia del documento a un indiscreto; estas cosas, junto con la visible situación en que se hallaba, a la vista de todos los visitantes, y así coincidente con las conclusiones a que yo había llegado previamente; esas cosas, digo, eran muy corroborativas de sospecha, para quien había ido con la intención de sospechar.
»Demoré mi visita tanto como fue posible, y mientras mantenía una de las más animadas discusiones con el ministro, sobre un tópico que sabía que jamás había dejado de interesarle y apasionarle, volqué mi atención, en realidad, sobre la carta. En aquel examen, confié a la memoria su apariencia externa y su colocación en el tarjetero; y por último, hice un descubrimiento que borraba cualquier duda trivial que pudiera haber concebido. Registrando con la vista los bordes del papel, noté que estaban más gastados de lo que parecía necesario. Presentaban una apariencia de rotura que resulta cuando un papel liso, habiendo sido una vez doblado y apretado, es vuelto a doblar en una dirección contraria, con los mismos pliegues que ha formado el primitivo doblez. Este descubrimiento fue suficiente. Fue claro para mí que la carta había sido dada vuelta, como un guante, lo de adentro para afuera; una nueva dirección y un nuevo sello le habían sido agregados. Di los buenos días al ministro, y me marché enseguida, abandonando sobre la mesa una tabaquera de oro.
»A la mañana siguiente fui en busca de la tabaquera, y reanudamos placenteramente la conversación del día anterior. Mientras Estábamos en ella empeñados, un fuerte disparo, como de una pistola, se oyó inmediatamente debajo de las ventanas del edificio, y fue seguido por una serie de gritos de terror, y exclamaciones de una multitud asustada. D*** se lanzó a una de las ventanas, la abrió y miró hacia la calle. Mientras, me acerqué al tarjetero, cogí la carta, la metí en mi bolsillo y la reemplacé por un facsímil (de sus caracteres externos) que había preparado cuidadosamente en casa, imitando el monograma de D***, con mucha facilidad, por medio de un sello de miga de pan.
»El tumulto en la calle había sido ocasionado por la loca conducta de un hombre con un fusil. Había hecho fuego con él entre un grillo de mujeres y niños. Se comprobó, sin embargo, que el arma estaba descargada, y se le permitió que continuara su camino, como a un lunático o un ebrio. Cuando se hubo retirado, D*** se separó de la ventana, a donde le había seguido yo inmediatamente después de conseguir mi objeto. Al poco rato me despedí de él. El pretendido lunático era un hombre a quien yo había pagado para que produjera el tumulto.
—Pero, ¿qué propósito tenía usted —pregunté— para reemplazar la carta por un facsímil? ¿No hubiera sido mejor, en la primera visita, arrebatarla abiertamente y salir con ella?
—D*** —replicó Dupin— es un hombre arrojado y valiente. Su casa, además, no carece de servidores consagrados a los intereses del amo. Si hubiera yo hecho la atrevida tentativa que usted sugiere, jamás habría salido vivo de allí y el buen pueblo de París no hubiera vuelto a saber más de mí. Ya conoce usted mis ideas políticas. Pero tenía una segunda intención, aparte de esas consideraciones. En este asunto, obré como partidario de la dama comprometida. Durante dieciocho meses el ministro la tuvo en su poder. Ella es la que lo tiene ahora en su poder: como D*** no sabe que la carta no está ya en su tarjetero, proseguirá con sus presiones como si la tuviera. Así provocará, él mismo, su ruina política. Su caída, además, será tan precipitada como ridícula. Es igualmente exacto hablar, a propósito de su caso, del facilis descensus Avernis; pues en todas especies de ascensiones, como la Catalani dice del canto, es mucho más fácil subir que bajar. En el presente caso no tengo simpatía, ni siquiera piedad, por el que desciende. D*** es ese monstrum horrendum, el hombre de genio sin principios. Confieso, sin embargo, que me gustaría mucho conocer el preciso carácter de sus pensamientos cuando, siendo desafiado por aquella a quien el prefecto llama «una cierta persona», se vea forzada a abrir la carta que le dejé para él en el tarjetero.
—¿Cómo? ¿Escribió usted algo particular en ella?
—¡Claro!. No parecía del todo bien dejarla en blanco; eso hubiera sido insultante.. Cierta vez D***, en Viena, me jugó una mala pasada, acerca de la que le dije, sin perder el buen humor, que no lo olvidaría. Así, como comprendí que sentiría alguna curiosidad respecto a la identidad de la persona que había sobrepujado su inteligencia, pensé que era una lástima no dejarle un indicio para que la conociera. Como conoce perfectamente mi letra, me limité a copiar en medio de la página estas palabras:
... Un dessein si funeste, S’il n’est digne d’Atrée, est digne de Thyeste, que se pueden encontrar en el Atreo de Crebillon.

martes, 11 de noviembre de 2008

MATERIALES DE APOYO PARA TRABAJO FINAL (LEER A MÁS DEL ARTÍCULO DE CASTELLS)

REDES CIUDADANAS:
L a I n t e r n e t d e l o s ciudadanos

Artur Serra
INGENIERÍA SIN FRONTERAS Castilla y León 1/5
TECNOLOGÍAS DE LA INFORMACIÓN Y LAS COMUNICACIONES (TIC) PARA EL DESARROLLO

1. Nuevas tecnologías, nueva economía… y nueva sociedad
En los años 80s diversos autores, a partir de los análisis del Silicon Valley, se empezó a
acuñar la expresión "high technology" para identificar la emergencia de las tecnologías de
la información y comunicación. En España, Manuel Castells realizó un estudio para el
Gobierno socialista titulado "Nuevas tecnologías, economía y sociedad". En el se acuñaba
el nombre de "nuevas tecnologías" para definir el mismo conjunto de tecnologías,
iniciadas en los 40s con el desarrollo de la microelectrónica y que en los 80s eclosionaron
con la aparición de los PCs y la producción en masa de circuitos integrados.
Ambas denominaciones para un mismo fenómeno tienen su interés. Por un lado, la "high
technology" hacia referencia a su estatus tecnológico y social más elevado que la
tradicional "low technology" como la que caracterizo a la anterior oleada de la
electromecánica. La tecnología de la información y la comunicación provenía directamente
de las universidades tecnológicas como Stanford, sus protagonistas eran científicos
metidos a ingenieros o ingenieros doctores, no los sencillos ingenieros metalmecánicos, y
las empresas que creaban estaban plagadas de cuadros superiores y personal altamente
cualificado.
Por su parte, la definición como "nueva tecnología" también tenia su razón de ser. La
informática y las redes de computadores provenían de la aplicación de la matemática al
campo de las máquinas de cómputo. Conceptos como información, programa, inteligencia
artificial, redes de ordenadores, eran radicalmente nuevos si los comparamos con la
tecnología conocida hasta la fecha. Han pasado varias décadas hasta que la clase
ingeniera ha reconocido la informática como una ingeniería de nuevo tipo. El diseño de
software no entraba dentro de la cultura de los ingenieros industriales o químicos.
Esta nuevas tecnologías dado su carácter "intersticial" afectan y transforman a su vez
las tecnologías tradicionales dando lugar a nuevos usos de dichas tecnologías, como en el
caso del automóvil, artefecto cada vez mas trufado de chips y sistemas inteligentes. Pero
dicha informatización de las tecnologías tradicionales es tan solo un efecto de la
emergencia de las nuevas tecnologías. Un efecto secundario.
En los años 90s, dichas tecnologías, ahora con su convergencia en Internet, han puesto
sobre el tapete el nacimiento de una "nueva economía". De nuevo Manuel Castells entre
otros autores, como Everett Rogers, Ana Lee Saxenian, etc. pusieron las primeras piedras
del análisis de las nuevas estructuras económicas que dichas tecnologías producían. A
partir del estudio del Silicon Valley, un nuevo tipo de industria emergía. Primero fue la
industria de microchips (Intel). Mas tarde, la industria del hardware y software (Microsoft).
Hoy la industria de las redes de ordenadores (Cisco, MCI WorldCom,...). Estas nuevas
realidades económicas tenían como característica fundamental el constituir “medios de
innovación”, cuyas componentes principales eran:
- Su relación comun con universidades de investigación avanzada.
- La propia dedicación a investigación y a personal investigador de dichas empresas
- Su estructura de fabricación flexible y globalizada.
- Su organizacion en forma de redes locales, nacionales y globales
- El diferente tipo de administración de dichas empresas basada en el emprendedor
en lugar del manager preocupado por el control burocrático.
Las nuevas empresas tecnológicas no eran simplemente una evolución de las
estructuras empresariales de la era del automóvil y del petróleo sino una realidad
económica nueva.
La irrupción de Internet en los 90s en el mundo económico como tecnología de
convergencia de la informática y de las telecomunicaciones no ha hecho más que expandir
y generalizar todavía mas este tipo de nuevas empresas. Lo que en los 80s era un
fenómeno localizado en Silicon Valley o en puntos regionales en piases avanzados ahora ha dado lugar a un fenómeno generalizado denominado “nueva economía”. Incluso en la propia bolsa dicha nueva realidad se ha visto reflejada en el nacimiento de bolsas diferentes, como el NASDAQ, donde se cotizan los nuevos valores.
Por supuesto, estas nuevas empresas de Internet, entre las que encontramos el sector
de negocio propiamente de red (MCI WorldCom, CISCO, Qwest, etc) asi como otros
sectores de servicios de red y de contenidos (Yahoo, Amazon, etc.) influye en el resto de
sectores tradicionales y los renueva, los “informaliza” y los pone en red. El denominado
comercio electrónico, y en particular el Business to Business, favorece las transacciones
comerciales entre empresas de sectores muy diversos. Pero lo que nos interesa destacar
es que dicho uso de Internet por el mundo económico tradicional no seria posible si no
existiera esas nuevas empresas que les introducen las nuevas tecnologías en su vieja
economía. Las empresas de Internet meten al resto de empresas en Internet.
La hipótesis que sostenemos es que el mismo fenómeno se esta produciendo en el resto de
estructuras sociales. El proceso no se detiene en la denominada “nueva economía”. A
diferencia de los antiguos modelos de industrialización, la tecnología industrial tiene un
efecto directo en el conjunto de la sociedad. Ello produce también el nacimiento de nuevas
sociedades de la era Internet.
2. Sociedad de la red, la sociedad en red.
Las redes ciudadanas forman parte de este nuevo fenómeno asociativo de la era digital.
En otros artículos, hemos analizado la historia de dichas redes, que han adoptado diversas
formas desde los años 70s cuando comenzaron a desarrollarse los primeros sistemas de
comunicación de grupo1.
Dichas tecnologías iniciadas entre otros autores por R. Hiltz i Murray Turrof, dieron lugar a
los primeros BBS, después a las denominadas freenets y finalmente a las “community
networks” (Cisler, S. 1993). En el proyecto EPITELIO desarrollado entre 1996 y 1998
hemos realizado una biblioteca de documentos relativos a dicho movimiento de redes
ciudadanas. 2 En paralelo, otros esfuerzos notables en esa dirección han sido los iniciados
desde los años 80s por la educadora Tonia Stone, y su Community Technology Center
Network, 3 Su red actual de mas de 350 centros de tecnología para la comunidad se inicio
en el barrio de Harlem, con el centro Playing to Win. Se trataba de un local con PCs puesto
a disposición de la gente del barrio. Dicha red como pudimos comprobar en su ultimo
congreso de Chicago del año 1999 reúne incluso una mayor diversidad social y étnica que
el propio movimiento de “community networks”. Su anclaje territorial y espacial en barrios
con dificultades de marginación social los hace especialmente eficaces en su aproximación
a sectores sociales que no viven en el “mundo virtual” sino en la dura realidad cotidiana.
En cualquier caso, lo que nos interesa resaltar es que en todos estos casos se puede
detectar el nacimiento de un nuevo tipo de asociación de la era digital. La evolución de
las redes ciudadanas comienza por ser un mero servicio de acceso a la red ofrecido por
una entidad publica (universidad o ayuntamiento o entidad sin animo de lucro) pero
progresivamente el servicio genera una asociación con entidad jurídica propia. Este ha sido
el caso de varias redes ciudadanas, como la Red Cívica de Milán o Ravalnet. Se inicia una
toma de conciencia de una identidad social diferenciada. Es dicha nueva entidad de la red
la que pone en red al resto de entidades del barrio, pueblo o ciudad. Este fenómeno se
puede dar al margen o en el interior de las organizaciones sociales. También existe el caso
de varios ayuntamientos que han generado estructuras nuevas encargadas de la “sociedad
de la información” que son los motores dentro del organismo oficial de ponerlo en red.
En cualquier caso, lo que nos interesa resaltar es la emergencia de una “nueva
sociedad” de la era digital, no simplemente el “uso” por la sociedad actual de las
herramientas digitales, como se podría pensar a primera vista. Si ello es cierto, se podría
afirmar que la sociedad de la información es un proceso algo mas complejo que
simplemente el “uso de las nuevas tecnologías por la sociedad” y que comporta como factor
dinamizador de primera importancia la generación de nuevas estructuras sociales que
son las encargadas de introducir esas nuevas tecnologías en la sociedad tradicional.
Ello comporta que las políticas para el desarrollo de una sociedad de la información han de
considerar como elemento crítico la formación de los lideres, de los nuevos
emprendedores sociales que son capaces de generar esas nuevas estructuras sociales
que a su vez renuevan el tejido asociativo tradicional. A su vez hace falta nuevos
programas de investigacion sobre esas nuevas estructuras sociales, a penas en sus
comienzos. Esos programas no pueden basarse tan solo en la observación de las redes
ciudadanas existentes, sino en el diseño y desarrollo de nuevas organizaciones sociales
propias de la era digital. De lo contrario nos podemos encontrar con una abundancia de
nuevas tecnologías incapaces de ser utilizadas por las estructuras sociales tradicionales.
La clave de poner la sociedad en red es la potenciación de las sociedades de la
red. Ese es el caso de las redes ciudadanas.
3. Que son las redes ciudadanas?
Existe una incipiente literatura sobre dichas redes. Por nuestra experiencia podemos
definir las redes como un nuevo tipo de organización social destinada a promover el
desarrollo de la sociedad de la información a nivel local. En unos sitios cobra la forma de
freenet, en otros de telecentros, en otros son entidades juveniles, o de la tercera edad o de
la administración local. Lo importante es que no son un simple web de información local.
Son una asociación con objetivos propios y distintos al resto de asociaciones de la
sociedad civil local. Aquí tienen Vds. diferentes muestras de lo que decimos:
La AFCN, la Association for Community Networking, http://www.afcn.org
La Community Technology Center Network, http://www.ctcnet.org
Telecommunities Canada, http://www.tc.ca
La European Association for Community Networking, http://www.eacn.org
Etc, etc,..
Las funciones de dichas asociaciones van desde la promoción del libre acceso a Internet
(freenets) a la creación de información local en la red, la formación y alfabetización digital,
y más allá la creación de nuevas empresas en barrios y ciudades, e incipientes tareas de
gestión de conocimiento local.
La evolución de dichas redes ciudadanas esta abierta. A modo de hipótesis de trabajo,
podríamos considerarlas como “ parques” de la sociedad de la información en diferentes
ciudades y regiones. La era digital se inició según el modelo del parque industrial al lado de
una universidad de investigacion, al modo del Silicon Valley. Pero este fue el principio.
Ofrecer el Silicon Valley como paradigma de una sociedad de la información madura no
parece lógico. Como su propio nombre indica Silicon proviene que se inicio con la
tecnología electrónica de los circuitos de silicio. Y su forma de parque industrial (si se
excluye su alianza con un entorno universitario) , se parece demasiado a los tradicionales
distritos industriales ya conocidos en Europa desde el siglo XIX .
A medida que la era digital avanza y se camina hacia las que empiezan a denominarse
“tecnologías de la sociedad de la información” (e-publishing, e-commerce, virtual
universities, redes ciudadanas,…) se va viendo que su impacto es mas y mas transversal
hacia el conjunto de la sociedad y de la comunidad de naciones. Por ello, si la tecnología
informática es cada vez más intersticial y afecta al conjunto de la estructura social, el
medio de innovador no puede ser solo un parque industrial sino una sociedad de la
información experimental. Una especie de nueva colonia al estilo de los socialistas utópicos
o una creación de áreas experimentales en los espacios urbanos o rurales ya existentes.
Lo importante es que la red ciudadana se empiece a considerar como esa sociedad de la
información experimental, una avanzadilla de lo que mas adelante afectara al conjunto del
tejido social existente. En resumen, si hablamos de una sociedad de la información y no
solo de una infraestructura de la información concluiremos que la forma de crearla
requerirá tantos o más experimentos que los que requiere la nueva infraestructura en
marcha.
Respecto a las llamadas “comunidades virtuales” solo decir que no son vivibles. Por
desgracia para algunos, por suerte para otros, los sapiens no somos tan solo bits. Las
redes ciudadanas son una combinación de nuevas instituciones con emplazamientos
físicos y virtuales dedicadas a promocionar la era digital en el conjunto del cuerpo social.
Igual que el Silicon Valley agrupa a las nuevas empresas, dichas redes ciudadanas son una
combinación de nuevas empresas, y también nuevas instituciones sociales, nuevas
escuelas, nuevos centros cívicos, nuevas entidades políticas o culturales. En suma una
especie de sociedades de la información experimentales.
Pueden las redes ciudadanas locales conectarse entre si, y empezar a conformar una
especie de "intercomunidad" de igual forma que Internet es una red de redes de
ordenadores? Se podrá avanzar en el diseño de un conjunto de protocolos sociales nuevos,
de reglas de comportamiento y de valores, que permitan hacer más interesante, sostenible
y humana, la vida en la era digital?
4. Redes ciudadanas, locales y globales.
Estas nuevas sociedades como todas las anteriores nacen locales. Pero su dinámica
parece no detenerse solo en el techo de la localidad o del Estado nación. La propia
naturaleza de las redes tecnológicas, como Internet, en que se apoyan facilita su actividad
global. El proceso de mutuo reconocimiento esta comenzando.
A través de la Asociación Europea de Redes Ciudadanas4, hemos intentado
experimentar con dicha identificación de redes similares en diferentes partes del planeta,
asi como su puesta en contacto y coordinación. De este experimento, nacido con el
proyecto EPITELIO, ha surgido la idea del Global 2000.5
Es una primera iniciativa para reconocer este nuevo movimiento y reconocernos en el. Es
decir ir diseñando una nueva identidad social propia de la era digital. Veremos que resulta.
5. La importancia del nuevo conocimiento.
Para finalizar déjeme que les indique que la evolución de la era digital no acaba con el
desarrollo de una nueva sociedad. La sociedad esta movida por ideas, por conocimiento. Y
la gran paradoja es que la sociedad del conocimiento aun no ha generado un nuevo
conocimiento. No tenemos todavía las nuevas universidades o nuevos centros de
conocimiento donde se enseñe a diseñar esa nuevas estructuras económicas y sociales. No
hay ingenieros en comercio electrónico, ni doctores en redes ciudadanas. Seguimos con las
clásicas disciplinas y materias de la era industrial, conservadas por el mismo tipo de
institución que las vio nacer. Existe una ingeniería de telecomunicación y informática, esto
es, existe una ingeniería de las nuevas tecnologías, con sus universidades de excelencia
(ver. Serra, 92) pero la ingeniería de la nueva economía y de la nueva sociedad esta por
crearse. Y finalmente, esta por desarrollarse una reflexión iniciada por el profesor H.
Simon, sobre el nuevo mundo artificial, cultural que estamos diseñando y que sistema de
conocimiento puede servir para construirlo. El inteligente y culto pueblo argentino puede
realizar una contribución clave a su desarrollo.

Referencias.

Castells, M. et al.. Nuevas tecnologías, economía y sociedad. Madrid. Alianza Editorial
1985
Castells, M. La Era de la Información. Alianza Editorial. (3vol.). 1999
Cisler, Steve, Community Computer Networks: Building Electronic Greenbelts, 1993,
http://www.sils.unimich.edu/impact/speakers/cisler/cisler-talk.html
Serra, Artur.. Next Generation Community Networking. En “Digital Cities”. Toru Ishida.,
Katherine Isbister Ed., Springer, 2000, http://www.springer.de
Serra, Artur, 1992 Carnegie Mellon University, an American University,
http://www.ac.upc.es/homes/artur/AAA92.html
Serra, Artur. Les communautés de citoyens en reseau. En Victor Sandoval. “La ville
numerique”, Hermes, Paris, 2000, http://www.hermes-science.com
Starr Hiltz R, Turrof, M. The Network Nation. Human Computer Communication via
Computer. Cambridge MA, 1993 (First Ed. 1978)

EL AUTOR: Artur Serra, CV:
-Doctor en Antropología Cultural. (Universidad de Barcelona) 1992
http://www.ac.upc.es/homes/artur/AAA92.html
-Investigador en el proyecto EPITELIO, Telemática contra Exclusión Social,
http://www.canet.upc.es/cn-library.html
-Coordinador del Centro de Aplicaciones de Internet (cANet). Universidad Politécnica de
Catalunya.
http://www.canet.upc.es (1997-
-Presidente de la European Association for Community Networking. http://www.eacn.org
-Miembro del Steering Group de la Internet Societal Task Force, http://www.istf.isoc.org,
-Secretario del proyecto Internet2-Catalunya, http://www.i2-cat.net(1999-)
-Mas info, Curriculum Vitae, http://www.ac.upc.es/homes/artur

LINKS DE APOYO PARA EL TRABAJO

http://www.gnu.org/philosophy/free-sw.es.html

www.isoc.org

www.eltabano.net

www.clacso.org

jueves, 2 de octubre de 2008

Lectura para discusión, semana del 6 al 10 de octubre

La fascinación por lo mórbido
Por Roger Bartra
Desde hace algunos años se ha extendido la exhibición de videos o películas –llamadas snuff– que muestran escenas aparentemente reales de torturas, ejecuciones, violaciones y otros actos perversos. El fenómeno forma parte de un amplio complejo de obsesiones sobre los orígenes y las características del mal, que también incluye la atracción por los monstruos y las anormalidades. ¿Qué es lo maligno? ¿Viene del interior de nosotros o sus fuentes son externas? ¿Qué sentido tiene el malestar y qué relación tiene con la muerte, con el más allá?
Se ha dicho que esta fascinación responde a un impulso por atentar contra la inocencia de los hombres y por admirar, sin ninguna compasión, a la sociedad que nos rodea desde una perspectiva exótica, al exhibir el horror de sus deformaciones. Un ejemplo clásico puede ser el famoso libro de J. G. Ballard sobre la exhibición de atrocidades (The Atrocity Exhibition, publicado en 1969). Este libro, que se ha convertido en un verdadero objeto de culto, expone, entre otras cosas, una operación de mamoplastia en los voluminosos pechos de Mae West, un plan para asesinar a Jacqueline Kennedy o para fornicar con Ronald Reagan, una reflexión sobre el erotismo de los accidentes automovilísticos, etc., etc.
Susan Sontag pretende que hay una tendencia en los países capitalistas, que se expresa en la fotografía y que suprime o reduce la náusea moral y sensorial. Cree que la exhibición de atrocidades y monstruos aumenta la tolerancia ante lo horrible, con lo cual se genera una enajenación que atrofia nuestras reacciones ante los males de la vida real. La llamada globalización, con la ayuda de la Internet, ha aumentado las posibilidades de contemplación de atrocidades y la influencia de cultos sadomasoquistas, necrofílicos, etc. Yo no estoy de acuerdo con la idea de Sontag, como lo he expuesto en mi libro El salvaje artificial. La representación y exposición de atrocidades o deformaciones es parte de una tradición histórica profunda y muy compleja que es necesario analizar. La contemplación de atrocidades mórbidas no opera, simplemente, como una droga, que supuestamente aumentaría la tolerancia ante el mal y los fenómenos dañinos. Puede ocurrir incluso que al rebajar el umbral de tolerancia ante lo atroz, en muchas ocasiones se estimule la crítica ante la malignidad que permea el establishment que nos rodea. Al abatir nuestra tolerancia ante el terror que inspiran la deformidad o los monstruos anormales, con frecuencia se hace un llamado a comprender que detrás de la extrema fealdad puede haber una belleza que pocos son capaces de comprender. Así, detrás de los horrores de la sociedad moderna, podemos encontrar valores positivos. Ello también nos ayuda a reconocer que la aparente normalidad es más monstruosa de lo que solemos admitir, de la misma manera en que las deformaciones ocultan situaciones tiernas y profundamente humanas, como puede verse en la película Freaks.
Podemos observar que la exhibición de atrocidades también nos produce un intenso vértigo frente la frontera, muy cercana a nosotros, que nos separa de lo anormal. El abismo de malignidades y de dolor ocasiona que la sociedad "normal" desarrolle impulsos de cohesión, de afirmación de la identidad y de conservación del status quo. En este sentido, la confrontación de lo atroz y monstruoso suele enfrentarse con la estereotipada inocencia atribuida a niños y mujeres, y a toda clase de criaturas indefensas ante la agresión. De esta manera se multiplica el carácter horrendo de los actos y los seres malignos, lo que produce intensos efectos legitimadores. No sé si estos procesos son parte de las peculiaridades de la especie humana; pero con seguridad se trata de mecanismos de equilibrio propios de las sociedades modernas. Yo he estudiado con cierto detenimiento la relación simbólica entre las fobias contra la atroz alteridad y las filias por la normalidad sensata, en el libro Las redes imaginarias del poder político. En el fondo, la exhibición de atrocidades es un proceso paradójico que protege a la especie contra las verdaderas amenazas de exterminio.
No descarto que entre los creadores o los visitantes de galerías del horror en las páginas de Internet haya gente enferma. Pero el fenómeno en su conjunto me parece que no se puede reducir a unos cuantos síntomas psicológicos o psiquiátricos. Como fenómeno global y complejo, responde a una inquietud profunda por entender y explorar los territorios del mal. Esta inquietud ha aumentado desde que a partir de 1989 desapareció lo que para el Occidente capitalista parecía ser la gran fuente de todos los males: el comunismo. El mal ahora hay que buscarlo en casa, dentro de nuestras sociedades, de nuestra cultura, en el interior de nuestros espíritus y dentro de las redes electrónicas que nos ligan con la globalidad.
Del blog de Roger Bartra LA JAULA ABIERTA.

martes, 23 de septiembre de 2008

Link para trabajo

El texto de Eco, segín su compañero Santiago Peña, está en español en la siguiente dirección:
http://www.usergioarboleda.edu.co/derecho/informatica1/de%20internet%20a%20gutemberg_esp.doc

martes, 16 de septiembre de 2008

Primera Evaluación de Taller

Los alumnos en grupos, máximo de tres estudiantes, deberán leer el artículo que se adjunta y responder a las siguientes preguntas a la luz de lo leído:

1.- ¿Cuáles son sus usos tradicionales de aprendizaje e investigación? (Aquellos que traen de la formación en el colegio, uso de LIBROS, REVISTAS, ETC.)

2.- ¿Qué papel tiene, en sus procesos de aprendizaje, la nueva tecnología? De al menos un ejemplo de aplicación de una nueva tecnología en algún proceso de conocimiento que ustedes hayan experimentado.

3.- ¿Qué uso hacen de la Internet en sus procesos de aprendizaje?

4.- ¿Qué efecto creen que tendrá la Internet en la educación?

EL TRABAJO DEBERÁ SER ENTREGADO POR ESCRITO, IMPRESO EN TIPO 12, EN AL MENOS DOS PÁGINAS A DOBLE ESPACIO, EN LA PRÓXIMA CLASE: EL 23 DE SEPTIEMBRE PARA EL PARALELO DEL MARTES Y EL 26 DEL MISMO MES PARA EL PARALELO DEL VIERNES. TENDRÁ UN VALOR DE 10 PUNTOS

ARTÍCULO

From Internet to
Gutenberg A lecture presented by Umberto Eco at
The Italian Academy for Advanced Studies in America

According to Plato (in Phaedrus) when Hermes, the alleged inventor of writing, presented his invention to the Pharaoh Thamus, he praised his new technique that was supposed to allow human beings to remember what they would otherwise forget. But the Pharaoh was not so satisfied. "My skillful Theut, he said, memory is a great gift that ought to be kept alive by training it continuously. With your invention people will not be obliged any longer to train memory. They will remember things not because of an internal effort, but by mere virtue of an external device."
We can understand the preoccupation of the Pharaoh. Writing, as any other new technological device, would have made torpid the human power which it substituted and reinforced - just as cars made us less able to walk. Writing was dangerous because it decreased the powers of mind by offering human beings a petrified soul, a caricature of mind, a mineral memory.
Plato's text is ironical, naturally. Plato was writing his argument against writing. But he was pretending that his discourse was told by Socrates, who did not write (since he did not publish, he perished in the course of his academic fight.)
Nowadays, nobody shares these preoccupations, for two very simple reasons. First of all, we know that books are not ways of making somebody else think in our place; on the contrary they are machines that provoke further thoughts. Only after the invention of writing was it possible to write such a masterpiece on spontaneous memory as Proust's La Recherche du Temps Perdu.
Secondly, if once upon a time people needed to train their memory in order to remember things, after the invention of writing they had also to train their memory in order to remember books. Books challenge and improve memory; they do not narcotize it.
However, the Pharaoh was instantiating an eternal fear: the fear that a new technological achievement could abolish or destroy something that we consider precious, fruitful, something that represents for us a value in itself, and a deeply spiritual one.
It was as if the Pharaoh pointed first to the written surface and then to an ideal image of human memory, saying: "This will kill that."
More than one thousand years later Victor Hugo in his Notre Dame de Paris, shows us a priest, Claude Frollo, pointing his finger first to a book, then to the towers and to the images of his beloved cathedral, and saying "ceci tuera cela", this will kill that. (The book will kill the cathedral, alphabet will kill images).
The story of Notre Dame de Paris takes place in the XVth century, a little later than the invention of printing. Before that, manuscripts were reserved to a restricted elite of literate persons, but the only means to teach the masses about the stories of the Bible, the life of Christ and of the Saints, the moral principles, even the deeds of the national history or the most elementary notions of geography and natural sciences (the nature of unknown peoples and the virtues of herbs or stones), was provided by the images of the cathedral. A medieval cathedral was a sort of permanent and unchangeable TV program that was supposed to tell people everything indispensable for their everyday lives as well as for their eternal salvation. The book would have distracted people from their most important values, encouraging unnecessary information, free interpretation of the Scriptures, insane curiosity.

During the sixties, Marshall McLuhan wrote his The Gutenberg Galaxy, where he announced that the linear way of thinking instaured by the invention of the press, was on the verge of being substituted by a more global way of perceiving and understanding through the TV images or other kinds of electronic devices. If not Mc Luhan, certainly many of his readers pointed their finger first to a Manhattan Discotheque and then to a printed book by saying "this will kill that."
The media needed a certain time to accept the idea that our civilization was on the verge of becoming an image oriented one - which would have involved a decline of literacy. Nowadays this is a common shibboleth for every weekly magazine. What is curious is that the media started to celebrate the decline of literacy and the overwhelming power of images just at the moment in which, in the world scene, appeared the Computer.
Certainly a computer is an instrument by means of which one can produce and edit images, certainly instructions are provided by means of icons; but it is equally certain that the computer has become, first of all, an alphabetic instrument. On its screen there run words, lines, and in order to use a computer you must be able to write and to read. The new computer generation is trained to read at an incredible speed. An old-fashioned university professor is today incapable of reading a computer screen at the same speed as a teen-ager. These same teen-agers, if by chance they want to program their own home computer, must know, or learn, logical procedures and algorithms, and must type words and numbers on a keyboard, at a great speed.
In this sense one can say that the computer made us to return to a Gutenberg Galaxy.
People who spend their night implementing an unending Internet conversation are principally dealing with words. If the TV screen can be considered a sort of ideal window through which one watches the whole world under the form of images, the computer screen is an ideal book on which one reads about the world in form of words and pages.
The classical computer provided a linear sort of written communication. The screen was displaying written lines. It was like a fast-reading book.
But now there are hypertexts. In a book one had to read from left to right (or right to left, or up to down, according to different cultures) in a linear way. One could obviously skip through the pages, one - once arrived at page 300 - could go back to check or re-read something at page 10 - but this implied a labor, I mean, a physical labor. On the contrary a hypertext is a multidimensional network in which every point or node can be potentially connected with any other node.
Thus we have arrived at the final chapter of our this-will-kill-that story. It is more and more stated that in the near future hypertextual Cd-roms will replace books.

With a hypertextual diskette books are supposed to become obsolete. If you even consider that a hypertext is usually also multimedial, the complete hypertextual diskette will in the next future replace not only books but also videocassettes and many other supports.
Now we must ask ourselves if such a perspective is a realistic one or is mere science-fiction - as well as if the distinction we have just outlined between visual and alphabetic communication, books and hypertexts is really that simple. Let me list a series of problems and possible perspectives for our future.
Even after the invention of printing books have never been the only instrument for acquiring information. There were paintings, popular printed images, oral teaching, and so on. One can say that books were in any case the most important instrument for transmitting scientifical information, including news about historical events. In this sense they were the paramount instrument used in schools.
With the diffusion of the various mass media, from cinema to television, something has changed. Years ago the only way to learn a foreign language (outside of traveling abroad) was to study a language from a book. Now our kids frequently know other languages by listening to records, by watching movies in the original edition, by deciphering the instructions printed on a beverage can. The same happens with geographical information. In my childhood I got the best of my information about exotic countries not from textbooks but by reading adventure novels (Jules Verne, for instance). My kids very early knew more than me on the same subjects from watching TV and movies. One could learn very well the story of the Roman Empire through movies, provided that movies were historically correct. The fault of Hollywood is not to have opposed its movies to the books of Tacitus or of Gibbon, but rather to have imposed a pulp- and romance-like version on both Tacitus and Gibbon.
A good educational tv program (not to speak of a CD-ROM) can explain genetics better than a book.
Today the concept of literacy comprises many media. An enlightened policy of literacy must take into account the possibilities of all of these media. Educational preoccupation must be extended to the whole of media. Responsibilities and tasks must be carefully balanced. If for learning languages, tapes are better than books, take care of cassettes. If a presentation of Chopin, with commentary on compact disks, helps people to understand Chopin, don't worry if people do not buy five volumes of the history of music.
Even if it were true that today visual communication overwhelms written communication, the problem is not to oppose written to visual communication. The problem is how to improve both. In the Middle Ages visual communication was, for the masses, more important than writing. But Chartres Cathedral was not culturally inferior to the Imago Mundi of Honorius of Autun. Cathedrals were the TV of those times, and the difference from our TV was that the directors of the medieval TV --read: good books-- had a lot of imagination, and worked for the public profit (or, at least, for what they believed to be public profit).
The real problems lay elsewhere. Visual communication has to be balanced with the verbal one, and mainly with the written one for a precise reason. Once, a semiotician, Sol Worth, wrote a paper, "Images cannot say Ain't". I can verbally say "Unicorns do not exist" but if I show the image of a unicorn the unicorn is there. Moreover, is the unicorn I see a unicorn or the unicorn, that is, does it stand for a given unicorn or for the unicorns in general?
This problem is not as immaterial as it can seem, and many many pages have been written by logicians and semioticians on the difference between such expressions as a child, the child, this child, all children, childhood as a general idea. Such distinctions are not so easy to display through images. Nelson Goodman in his Languages of Art wondered if a picture representing a woman
is the representation of Women in general, the portrait of a given woman, the example of the general characteristics of a woman, the equivalent of the statement there is a woman looking at me.
One can say that in a poster or on an illustrated book, the caption or other forms of written material can help to understand what the image means. But I want to remind you about a rhetorical device called example, on which Aristotle spent some interesting pages. In order to convince somebody about a given matter, the most convincing is a proof by induction. In induction I provide many cases and then I infer that probably they instantiate a general law. Suppose I want to demonstrate that dogs are friendly and love their masters: I provided many cases in which a dog has proved to be friendly and helpful and I suggest that there must be a general law by which every animal belonging to the species of dogs is friendly.
Suppose now I want to persuade you that dogs are dangerous. I can do this by providing you with an example: "Once, a dog killed its master...." As you easily understand, a single case does not prove anything, but if the example is shocking I can surreptitiously suggest that dogs can even be unfriendly, and once you are convinced that it can be so, I can unduly extrapolate a law from a single case and conclude: "this means that dogs cannot be trusted." With the rhetorical use of the example I shift from a dog to all dogs.
If you have a critical mind you can realize that I have manipulated a verbal expression (a dog was bad) so to transform it into another one (all dogs are bad) which does not mean the same thing. But if the example is a visual rather than a verbal one, the critical reaction is made more difficult. If I show you the poignant image of a given dog biting its master it is very difficult to discriminate between a particular and a general statement. It is easy to take that dog as the representative of its species. Images have, so to speak, a sort of Platonic power: they transform individuals into general ideas.
Thus by a purely visual communication and education it is easier to implement persuasive strategies that reduce our critical power. If I read on a newspaper that a given man said "we want mister X as president" I am aware that I was given the opinion of a given man. But if I watch on the TV screen a man saying enthusiastically "we want mister X as president" it is easier to take the will of that individual as the example of the general will.
Frequently I think that our societies will be split in a short time (or they are already split) into two classes of citizens: those who only watch TV, who will receive pre-fabricated images and therefore prefabricated definitions of the world, without any power to critically choose the kind of information they receive, and those who know how to deal with the computer, who will be able to select and to elaborate information. This will re-establish the cultural division which existed at the time of Claude Frollo, between those who were able to read manuscripts, and therefore to critically deal with religious, scientifical or philosophical matters, and those who were only educated by the images of the cathedral, selected and produced by their masters, the literate few.
A science fiction writer could elaborate a lot on a future world where a majority of proletarians will receive only visual communication planned by an élite of computer-literate people.
There are two sorts of books: these to be read and these to be consulted.
As far as books-to-read are concerned (they can be a novel, or a philosophical treatise, or a sociological analysis, and so on) the normal way of reading them is the one that I would call the detective-like story. You start from page 1, where the author tells you that a crime has been committed, you follow every path of the detection until the end, and finally you discover that the guilty one was the butler. End of the book and end of your reading experience. Remark that the same happens even if you read, let us say, Descartes' Discourse de la methode. The author wanted you to open the book at its first page, to follow the series of questions he proposed, to see how he reaches certain final conclusions. Certainly, a scholar, who already knows that book, can re-read it by jumping from one page to another, trying to isolate a possible link between a statement of the first chapter and one of the last one... A scholar can also decide to isolate, let us say, every occurrence of the word Jerusalem in the immense opus of Thomas Aquinas, thus skipping thousands of pages in order to focus his or her own attention on the only passages dealing with Jerusalem... But these are ways of reading that the layman would consider as unnatural.
Then there are the books to be consulted, like handbooks and encyclopedias. Sometimes handbooks must be read from the beginning to the end; but when one knows the matter enough, one can consult them, so selecting also certain chapters or passages. When I was in high-school I had to read entirely, in a linear way, my handbook on mathematics; today, if I need a precise definition of logarithm, I only consult it. I keep it on my shelves not to read and re-read it every day, but in order to keep it up once in ten years, to find the item I need to consult it about.
Encyclopedias are conceived in order to be always consulted and never read from the first to the last page. Usually one pick up a given volume of one's encyclopedia to know or to remember when Napoleon died or what is the formula of sulfuric acid. Scholars use encyclopedias in a more sophisticated way. For instance, if I want to know whether it was possible or not that Napoleon met Kant, I have to pick up the volume K and the wolume N of my encyclopedia: I discover that Napolen was born in 1769 and died in 1821, Kant was born in 1724 and died in 1804, when Napoleon was already emperor. It is not impossible that the two met. I have probably to consult a biography of Kant, or of Napoleon - but in a short biography of Napoleon, who met so many persons in his life, this possible meeting with Kant can be disregarded, while a in a biography of Kant a meeting with Napoleon should be recorded. In brief, I must leaf through many books in many shelves of my library, I must take notes in order to compare later all the data I collected, and so on. In short, all this will cost to me a painful physical labor.
With a hypertext, instead, I can navigate through the whole encyclopedia. I can connect an event registered at the beginning with a series of similar events disseminated all along the text, I can compare the beginning with the end, I can ask for the list of all the words beginning by A, I can ask for all the cases in which the name of Napoleon is linked with the one of Kant, I can compare the dates of their birth and death - in short, I can do my job in few seconds or few minutes.
Hypertexts will certainly render obsolete encyclopedias and handbooks. In few Cd-roms (probably soon in a single one) it is possible to store more information than in the whole Encyclopedia Britannica, with the advantage that it permits crossed references and non-linear retrieval of information. The whole of the compact disks , plus the computer, will occupy one fifth of the space occupied by an encyclopedia. The encyclopedia cannot be transported as the CD-ROM can, the encyclopedia cannot be easily updated. The shelves today occupied, at my home as well as in public libraries, by meters and meters of encyclopedia could be eliminated in the next future, and there will be no reasons to complain for their disappearance.
Can a hypertextual disk replace the books to be read? This question conceals in fact two different problems and could be rephrased as two different questions.
(I) First, a practical one: Can some electronic support replace the books-to-read?
(II) Second an theoretical and an esthetical one: Can a hypertextual and multimedial CD-ROM transform the very nature of a book-to-read, such as a novel or a collection of poems?
Let me first answer the first question.
Books will remain indispensable not only for literature, but for any circumstance in which one needs to read carefully, not only to receive information but also to speculate and to reflect about it. To read a computer screen is not the same as to read a book. Think to the process of learning a new computer program. Usually the program is able to display on the screen all the instructions you need. But usually the users who want to learn the program either print the instructions and read them as if they were in book form, or they buy a printed manual (let me underevaluate the fact that presently all the computer's Helps are clearly written by irresponsible and tautological idiots, while commercial handbooks are written by smart people). It is possible to conceive of a visual program that explains very well how to print and bind a book, but in order to get instructions on how to write (or how to use) a computer program, we need a printed handbook.
After having spent no more than 12 hours at a computer console, my eyes are like two tennis balls, and I feel the need of sitting comfortably down in an armchair and reading a newspaper, and maybe a good poem. I think that computers are diffusing a new form of literacy but are incapable of satisfying all the intellectual needs they are stimulating.
In my hours of optimism I dream of a computer generation which, compelled to read a computer screen, gets acquainted with reading, but at a certain moment feels unsatisfied and looks for a different, more relaxed and differently-committing form of reading.

During a symposium on the future of books held at the university of San Marino (the proceedings are now published by Brepols), Regis Debray has observed that the fact that Hebrew civilization was a civilization based upon a Book is not independent on the fact that it was a nomadic civilization. I think that this remark is very important. Egyptians could carve their records on stone obelisks, Moses could not. If you want to cross the Red Sea, a scroll is a more practical instrument for recording wisdom. By the way, another nomadic civilization, the Arabic one, was based upon a book, and privileged writing over images.
But books also have an advantage in respect to computers. Even if printed in modern acid paper, which lasts only 70 years or so, they are more durable than magnetic supports. Moreover, they do not suffer of power shortage and black outs, and are more resistant to shocks. Up to now, books still represent the more economical, flexible, wash-and-wear way to transport information at a very low cost.
Computers communication travels ahead of you, books travel with you and at your speed, but if you shipwreck in a desert island, a book can serve you, while you don't have any chance to plug a computer anywhere. And even though your computer has solar batteries you cannot easily read it while laying on a hammock. Books are still the best companions for a shipwreck, or for the Day After.
For scholarly purposes a book-to-read can be transformed into a hypertextual CD-ROM. A scholar may need to know, let us say, how many times the word good appears in the Paradise Lost.
However there are today new hypertextual poetics according to which even a book-to-read, even a poem can be transformed into a hypertext. At this point we are shifting to question two, since the problem is no more a practical one: it concern the very nature of the reading process.
Conceived in a hypertextual way even a detective story can be structured in a open way, so that its readers can even select a given reading-path, that is, to build up their own personal story - even to decide that the guilty one can and must be the detective instead of the butler.
Such an idea is not a new one. Before the invention of the computer, poets and narrators have dreamt of a totally open text that the readers could infinitely re-write in different ways. Such was the idea of Le Livre, as extolled by Mallarmé; Joyce thought of his Finnegans Wake as a text that could be read by an ideal reader affected by an ideal insomnia. In the sixties Max Saporta wrote and published a novel whose pages could be displaced so as to compose different stories. Nanni Balestrini gave one of the early computers a disconnected list of verses that the machine put together in different ways so to compose different poems; Raymond Queneau invented a combinatorial algorithm by virtue of which it was possible to compose, from a finite set of lines, billions of poems. Many contemporary musicians have produced musical movable scores, and by manipulating them one can compose different musical performances.
As you have probably realized, even here one is dealing with two different problems. (I) The first is the idea of a text which is physically movable. Such a text should give the impression of the absolute freedom on the part of the reader; but this is only an impression, an illusion of freedom. The only machinery that allows one to produce infinite texts already existed from millennia, and it is the alphabet. With a reduced number of letters one can produce, really, billions of texts, and this is exactly what has been done from Homer to the present days. A stimulus-text which provides us not with letters, or words, but with pre-established sequences of words, or of pages, does not set us free to invent anything we want. We are only free to move in a finite number of ways pre-established textual chunks.
But I, as a reader, do have this freedom even when I read a traditional detective novel. Nobody forbids me from imagining a different end. Given a novel where two lovers die I, as a reader, can either cry on their fate, or to try to imagine a different end in which they survive and live happy forever. In a way I, as a reader, feel more free with a physically finite text, on which I can muse for years, than with a movable one where only some manipulations are permitted.
(ii) This possibility leads us to the second problem which concerns a text which is physically finite and limited but that can be interpreted in infinite, or at least in many ways. This has been in fact the aim of every poet or narrator. But a text which can support many interpretations is not a text which can support every interpretation.
I think that we are confronted with three different ideas of hypertext. First of all, we should make a careful distinction between systems and texts. A system (for instance a linguistic system) is the whole of the possibilities displayed by a given natural language. Every linguistic item can be interpreted in terms of other linguistic or other semiotic items, a word by a definition, an event by an example, a natural kind by an image, and so on and so forth. The system is perhaps finite but unlimited. You go in a spiral-like movement ad infinitum. In this sense certainly all the conceivable books are comprised by and within a good dictionary and a good grammar. If you are able to use the Webster you can write both the Paradise Lost and Ulysses.
Certainly, if conceived in such a way, a hypertext can transform every reader into an author. Give the same hypertextual system to Shakespeare and a schoolboy, and they have the same odds of producing Romeo and Juliet.
However a text is not a linguistic or an encyclopedic system. A given text reduces the infinite or indefinite possibilities of a system to make up a closed universe. Finnegans Wake is certainly open to many interpretations, but it is sure that it will never provide you the demonstration of Fermat's theorem, or the complete bibliography of Woody Allen. This seems trivial, but the radical mistake of irresponsible deconstructionists was to believe that you can do everything you want with a text. This is blatantly false. A textual hypertext is finite and limited, even though open to innumerable and original inquiries. FIG.6
Hypertext can work very well with systems, they cannot work with texts. Systems are limited but infinite. Texts are limited and finite, even they can allow for a high number of possible interpretations (but they do not justify every possible interpretation).
There is however a third possibility. We may conceive of hypertexts which are unlimited and infinite. Every user can add something, and you can implement a sort of jazz-like unending story. At this point the classical notion of authorship certainly disappears, and we have a new way to implement free creativity. Being the author of the Open Work I cannot but hail such a possibility. However there is a difference between implementing the activity of producing texts and the existence of produced texts. We shall have a new culture in which there will be a difference between producing infinite texts and interpreting precise and finite texts. That is what happens in our present culture, in which we evaluate differently a recorded performance of Beethoven's Fifth and a new instance of a New Orleans Jam Session.

We are marching towards a more liberated society in which free creativity will co-exist with textual interpretation. I like this. But we must not say that we have substituted a old thing with another one. We have both, thanks God. TV zapping is a kind of activity which has nothing to do with watching a movie. A hypertextual device that allows us to invent new texts has nothing to do with our ability to interpret pre-existing texts.
There is still another confusion between and about two different questions: (a) will computers made books obsolete? and (b) will computers make written and printed material obsolete?
Let us suppose that computers will make books to disappear. This would not mean the disappearance of printed material.
The computer creates new modes of production and diffusion of printed documents. In order to re-read a text, and to correct it properly, if it is not simply a short letter, one needs to print it, then to re-read it, then to correct it at the computer and to reprint it again. I do not think that one is able to write a text of hundreds of pages and to correct it without printing it at least once.
We have seen that - if by chance one hoped that computers, and specially word processors, would have contributed to save trees - that was a wishful thinking. Computers encourage the production of printed material. We can think of a culture in which there will be no books, and people will go around with tons and tons of unbound sheets of paper. This will be pretty difficult, and will pose a new problem for libraries.
People desire to communicate with each other. In ancient communities they did it orally; in a more complex society they tried to do it by printing. Most of the books which are displayed in a bookstore should be defined as products of Vanity Presses, even if they are published by a university press. But with computer technology we are entering a new Samisdazt Era. People can communicate directly without the mediation of publishing houses. Lot of people do not want to publish, they simply want to communicate each other. Today they do it by E-mail or Internet, will result in being a great advantage for books, books' civilization and books' market. Look at a bookstore. There are too many books. I receive too many books every week. If the computer network will succeed in reducing the quantity of published books, it would be a paramount cultural improvement.
One of the most common objections against the pseudo-literacy of computers is that young people get more and more accustomed to speak through cryptic short formulas: dir, help, diskcopy, error 67, and so on. One of the closing formulas used in the networks is cul8r. Is that still literacy? FIG 7
I am a rare-books collector, and I feel delighted when I read the seventeenth-century titles that took one page and sometimes more. They look like the titles of Lina Wertmuller's movies. The introductions were several pages long. They started with elaborate courtesy formulas praising the ideal Addressee, usually an Emperor or a Pope, and lasted for pages and pages explaining in a very baroque style the purposes and the virtues of the text to follow.
If Baroque writers read our contemporary scholarly books they would be horrified. Introductions are one page long, briefly outline the subject matter of the book, thank some National or International Endowment for a generous grant, shortly explain that the book has been made possible by the love and understanding of a wife or husband and of some children, and credit a secretary for having patiently typed the manuscript. We understand perfectly the whole of human and academic ordeals revealed by those few lines, the hundreds of nights spent underlining photocopies, the innumerable frozen hamburgers eaten in a hurry...
But let me guess that in the near future we will have three lines saying: "W/c, Smith, Rockefeller," (to be read as: I thank my wife and my children; this book was patiently revised by Professor Smith, and was made possible by the Rockefeller Foundation.") FIGURE 8
That would be as eloquent as a Baroque introduction. It is a problem of rhetoric and of acquaintance with a given rhetoric. I think that in the coming years passionate love messages will be sent in the form of a short instruction in Basic language, under the form "if... then", so to obtain, as an input, messages like "I love you, therefore I cannot live with you," (beautiful verse from Emily Dickinson).
Besides, the best of English mannerist literature was listed --as far as I remember-- in some program language: 2B OR/NOT 2B " FIGURE 9
There is a curious idea according to which the more you say in verbal language, the more you are profound and perceptive. Mallarmé told us that it is sufficient to spell out "une fleur" to evoke a universe of perfumes, shapes, and thoughts. Frequently for poetry, the fewer the words, the more the things. Three lines of Pascal say more than 300 pages of a long and boring treatise on morals and metaphysics. The quest for a new and surviving literacy ought not to be the quest for a pre-informatic quantity. The enemies of literacy are hiding elsewhere.
Until now I have tried to show that the arrival of new technological devices does not necessarily made previous device obsolete. The car is goes faster than the bicycle, but cars have not rendered bicycles obsolete and no new technological improvement can make a bicycle better than it was before. The idea that a new technology abolishes a previous role is too much simplistic. After the invention of Daguerre painters did not feel obliged to serve any longer as craftsmen obliged to reproduce reality such as we believe to see it. But it does not mean that Daguerre's invention only encouraged abstract painting. There is a whole tradition in modern painting that could not exist without the photographic model, think for instance of hyper-realism. Reality is seen by the painter's eye through the photographic eye.
Certainly the advent of cinema or of comic strips has made literature free from certain narrative tasks it traditionally had to perform. But if there is something like post-modern literature, it exists just because it has been largely influenced by comic strips or cinema. For the same reason today I do not need any longer a heavy portrait painted by a modest artist and I can send my sweetheart a glossy and faithful photograph, but such a change in the social functions of painting has not made painting obsolete, except that today painted portraits do not fulfill the same practical function of portraying a person (which can be done better and less expensively by a photograph), but of celebrating important personalities, so that the command, the purchasing and the exhibition of such portraits acquire aristocratic connotations.
This means that in the history if culture it has never happened that something has simply killed something else. Something has profoundly changed something else.
I have quoted McLuhan, according to which the Visual Galaxy had substituted the Gutenberg Galaxy. We have seen that few decades later this was no longer true. McLuhan stated that we are living in a new electronic Global Village. We are certainly living in a new electronic community, which is global enough, but this is not a Village - if by village one means a human settlement where people are directly interacting each other.
The real problems of an electronic community are the following: (1) Solitude. The new citizen of this new community is free to invent new texts, to cancel the traditional notion of authorship, to delete the traditional divisions between author and reader, but the risk is that - being in touch with the entire world by means of a galactic network - one feels alone.... (2) Excess of information and inability to choose and to discriminate. I am used to saying that certainly the Sunday NYT is the kind of newspaper where you can find everything fit to print. Its 500 hundred pages tell you everything you need to know about the events of the past week and the ideas for the new one. However, a single week is not enough to read the whole Sunday NYT. Is there a difference between a newspaper which says everything you cannot read, and a newspaper which says nothing, is there a difference between NYT and Pravda?
Notwithstanding this, the NYT reader can still distinguish between the book review, the pages devoted to the tv programs, the Real Estate supplement, and so on. The user of Internet has not the same skill. We are today unable to discriminate, at least at first glance, between a reliable source and a mad one. We need a new form of critical competence, an as yet unknown art of selection and decimation of information, in short, a new wisdom. We need a new kind of educational training.
Let me say that in this perspective books will still have a paramount function. As well as you need a printed handbook in order to surf on Internet, so we will need new printed manuals in order to cope critically with the World Wide Web.
Let me conclude with a praise of the finite and limited world that books provide us. Suppose you are reading Tolstoj's War and Peace: you are desperately wishing that Natasha will not accept the courtship of that miserable scoundrel who is Anatolij; you desperately wish that that marvellous person who is prince Andrej will not die, and that he and Natasha could live together happy forever. If you had War and Peace in a hypertextual and interactive CD-rom you could rewrite your own story, according to your desires, you could invent innumerable War and Peaces, where Pierre Besuchov succeeds in killing Napoleon or, according to your penchants, Napoleon definitely defeats General Kutusov.
Alas, with a book you cannot. You are obliged to accept the laws of Fate, and to realise that you cannot change Destiny. A hypertextual and interactive novel allows us to practice freedom and creativity, and I hope that such a kind of inventive activity will be practised in the schools of the future. But the written War and Peace does not confront us with the unlimited possibilities of Freedom, but with the severe law of Necessity. In order to be free persons we also need to learn this lesson about Life and Death, and only books can still provide us with such a wisdom.

http://www.italynet.com/columbia/internet.htm